La Sociedad del Semáforo:
Invisibles rastros de almas se esconden en los minutos que transcurren con afán, pasa uno, pasa otro y sigue esa búsqueda, que digo búsqueda si es un rebusque. Ignoramos, pensamos, como dice en alguna parte la película compramos la conciencia con 100 pesos, nos compadecemos y luego volvemos a nuestros asuntos. Esta realidad en la cual la ley por ley hace lo que quiere y en donde la droga, la prostitución, la falta de educación, la violencia, la ignorancia, la astucia, el frio, la noche, la calle están presentes es lo que vemos y no queremos ver siempre que salimos de nuestras casas, de nuestra seguridad, las mentiras de un gobierno de seguridad privatizada, lo que alguna vez fue la gente y lo que hoy es, la familia y la soledad de un concreto en donde nuestra sociedad se pudre y nadie dice nada, la traición a nuestra naturaleza, la traición a nosotros mismos “Acuérdese que yo siempre traiciono al que me tiende la mano” una frase que todo político debería decir. La apropiación de lo mundano, la crudeza de las imágenes y en mi cabeza un niño colgado de un semáforo, el surrealismo y realismo tan presente en esta cruda imagen que me inunda de desprecio, una rata bateada con un palo de golf y el silencio de un pirobo mientras rompe una grabadora. Me inmuta la controversia y dualidad que analizo cuando la película acaba y nadie se levanta de la sala, silencio, y letras, creo que simplemente lo están pensando y el sonido de una guitarra que me lleva a un estado raro en donde lo bizarro, caótico y normal se mezclan.
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